Las chicas, los chicos y los maniquís

¿Un restaurante revival dentro de un hotel en el centro de Madrid? Suena mal, a postureo, a jaula de oro de guiris y carne de instagramers, pero Las chicas, los chicos y los maniquís está demasiado cerca de casa como para dejarlo pasar, y nosotras somos muy fans de La bella y la bestia. Sabemos que no hay que juzgar por las apariencias.
Confirmamos que la estética es uno de los grandes atractivos del local. El color desatado en la zona de barra o las salas mono del interior; la nuestra, de paredes rojas y acolchadas. Los vasos y la vajilla también merecen su dosis de contemplación, y nos dio tiempo a un análisis minucioso porque el rato entre que nos traen la carta y acabamos de pedir se alarga a casi 25 minutos.
Elegimos las patatas Massiel que, sorprendentemente, no llevan alcohol y tampoco el suficiente hot como para llamarlas bravas. También compartimos un arroz meloso con pato y gorgonzola, correcto aunque demasiado sabroso, y una ensalada de burrata con tomate cherry, buen producto. El plato fuerte es el solomillo, que se sirve fileteado y acompañado de salsa périgueux y puré de patata. Otra propuesta equilibrada pero sin brillo.
burrata en las chicas, los chicos, los maniquis
Solomillo en las chicas, los chicos, los maniquis
En los dulces nos vamos a por el son de la piña bañada en ron que, además, es un plato muy vistoso, y una panacotta con miel y nuez pecana que estaba bastante buena.
postre de piña en las chicas, los chicos y los maniquis en Madrid
En definitiva, ningún plato es memorable ni tampoco desastroso: una cocina solvente en un local con muchos atractivos. Es genial para visitar con amigos, especialmente aquellos con los que funcione la nostalgia. La música, aunque con volumen excesivo, era uno de los grandes aciertos del local.
Tocamos a 28 euros, sin vino ni café.

Lo mejor: la estética ochentera,
Lo peor: precios subiditos, servicio muy lento.